
Alguien entra a un comercio, a una clínica o a una oficina pública, y sin mediar pregunta, es llamado «abuelito». No importa si tiene nietos, si fue profesional, si aún trabaja o si acaba de comenzar una nueva etapa de su vida. En ese instante, una palabra aparentemente afectuosa opera como un acto de reducción: lo convierte en un rol, lo fija en una categoría y, silenciosamente, borra la complejidad de su historia.
No es un detalle menor del lenguaje. Es una forma de orden social.
Nombrar no es describir; es asignar lugar. Cuando la sociedad nombra a las personas mayores como «abuelos», no solo las identifica: las encasilla. Y al hacerlo, delimita lo que se espera de ellas —cuidar, retirarse, no incomodar— y, más importante aún, lo que ya no se espera: decidir, crear, transformar. Así, el lenguaje se convierte en un dispositivo que produce identidad y restringe agencia.
Este fenómeno se inscribe en una lógica más amplia: el edadismo. Una estructura de pensamiento que distribuye roles según la edad y naturaliza la idea de que la vejez es sinónimo de pasividad. Pero esta lógica entra en crisis frente a un dato evidente: vivimos más, mejor y con mayores capacidades que antes. La longevidad ha cambiado, pero las categorías sociales no.
Aquí aparece la tensión central: una vida que se expande en posibilidades frente a una sociedad que la reduce en significados.
En ese desajuste emergen formas más sutiles de violencia. No necesariamente físicas, sino simbólicas. El caso de los llamados «abuelos esclavos» es paradigmático: personas que, bajo la expectativa social o familiar, ven apropiado su tiempo y su libertad. No se les pregunta qué desean; se da por hecho su función. Y cuando la voz no encuentra espacio, el cuerpo comienza a hablar.
Entonces, la cuestión deja de ser semántica y se vuelve ética.
En este punto, la antigua formulación confuciana «老者安之» adquiere una profundidad inesperadamente contemporánea. Traducida de manera superficial, podría entenderse como «que los mayores vivan tranquilos». Pero esta tranquilidad no es retiro, ni silencio, ni resignación. Es reconocimiento.
Una sociedad en la que «los mayores están en paz» no es aquella que los aparta del mundo, sino aquella que les garantiza un lugar pleno en él. Donde no son definidos por otros, sino reconocidos como sujetos capaces de definir su propia existencia. Donde el lenguaje no los reduce, sino que los nombra en su singularidad.
El «安» no es inmovilidad; es equilibrio. Y ese equilibrio solo es posible cuando la relación entre generaciones no se basa en la imposición de roles, sino en el reconocimiento mutuo. Cuando la experiencia no es confinada al pasado, sino integrada en el presente como forma de sentido.
Desde esta perspectiva, el edadismo no es solo un problema social: es una ruptura del orden ético. Porque desarticula la continuidad entre generaciones, reemplazando el respeto por la clasificación, y la escucha por la etiqueta.
Restituir el «老者安之» no implica hacer más por las personas mayores, sino hacer mejor: preguntar antes de nombrar, reconocer antes de asignar, y permitir antes de suponer.
Porque, en última instancia, una sociedad se mide no por cuánto cuida a sus mayores, sino por cuánto les permite seguir siendo quienes son.
